domingo, 8 de marzo de 2026

RESPONSO Y VARIACIONES SOBRE UN TEMA DE SALAMANCA. Por Rymel Serrano


 

 Responso y variaciones sobre un tema de Salamanca





 

Ojalá contemple su cuerpo material y descanse en el espiritual, y su ser no perezca ni se corrompa jamás

 

(Libro de los muertos, “Capítulo de hacer que el alma se una con su cuerpo en el mundo subterráneo”)

 






I

Se me vuelve a ocurrir, contemplando las bandas militares que pintó Álvaro Salamanca hace ya diez años, que una de las causas finales de las artes plásticas, y en especial de los “géneros” o tendencias figurativas, es la de establecer una ecuación entre el Tiempo y el Espacio.

Pintar consiste en arrebatarle a las garras, deformadoras y formadoras del tiempo, las imágenes de la realidad natural, material, para perpetuar sus agonías, ponerlas a salvo del aniquilamiento entre los seguros límites de un cuadro.

La realidad visible es fantasmal: lo que se percibe en un momento, al segundo siguiente ya se ha transformado. Donde había un destello rosáceo duerme ahora una sombra. La luz que ilumina las cosas después las olvida. Y si vuelve a alumbrarlas, ya esas cosas son distintas, son otras. El espacio parece ser sólo una ilusión, una fábrica de vislumbres efímeras, caleidoscópicas, que nunca se repiten. Todo lo que vemos lo vemos por primera y única vez: la luz siempre improvisa sus tonadas.

El instante, ese resplandor producido cuando el tiempo le hinca el diente al espacio, se esfuma. Pero antes de desaparecer entre las fauces de la hiena saturnal, relampaguea, impresiona la pupila y el alma. Cada instante, antes de abismarse, se ofrece en imagen; desnuda su belleza.

Lo bello, según Edgar A. Poe, ese insólito poeta, no es sino la pasión que se experimenta cuando alguien o algo se nos muere. Sin embargo, eso es sólo la mitad de la verdad. La otra mitad de la belleza, la semilla de ese durazno, es la posibilidad de su ulterior renacimiento. Es hermoso algo que se sumerge en lo invisible. Pero esa incorregible nostalgia que provoca la pérdida es apenas un presentimiento de su reaparición.






Cambio de guardia. óleo sobre tela


Las formas espectrales de lo real, soñadas por la luz, pueden encarnar en un nuevo cuerpo, reflejo o doble del anterior, pero sustraído a las veleidades pasajeras del tiempo. Ese cuerpo es el color. El instante, fijado sobre el espacio pictórico, fusionado con él, halla así su morada, su plenitud.

 



II

Báñate con tu luz, oh alma desconocida, pues soy uno a punto de penetrar… líbrame y sálvame de aquel cuyas divinas pupilas duermen al anochecer, cuando se ensimisma y se hace nocturno.

(Libro de los muertos, “Papiro de Nebseni”)

 

El procedimiento utilizado por Salamanca en sus series sobre desfiles militares (los cambios de guardia presidencial, más exactamente) y sus bañistas, es ilustrativo al respecto. El punto de partida de las obras está constituido por registros fotográficos obtenidos por el artista.

Como se sabe, una impresión fotográfica no posee un carácter lumínico sino opaco: es una sombra, un negativo de la luz; la oscura huella de su paso y la evidencia de su ausencia.

Sobre ese negativo, impreso directamente en el lienzo, se aplica el color. No como un revestimiento, una transposición o traducción cromática de sobras y volúmenes: sino como una transfiguración. Se trata de resucitar un cadáver volviendo a imaginarlo, alumbrándolo con una nueva luz. La impresión fotográfica cumple así una función análoga a la del doble en las cámaras funerarias egipcias. El retrato esculpido en la piedra no es sino un indicio fidedigno de la apariencia del difunto (faraón, sacerdote o escriba). Cuando el alma, que había partido del cuerpo, regresara de su largo y peligroso tránsito por los reinos subterráneos del olvido y de la muerte, podría reconocer al “yo”, al “sí-mismo”, la propia identidad o Ka, a través de aquel doble y de las figuras y jeroglíficos trazados en los muros. De este modo se recobraba la memoria, se imaginaba el pasado, se le hacía resurgir.

A Salamanca no le interesaba “iluminar” una reproducción fotográfica en el sentido de colorearla, sino en el de recrearla, volverla a dar a luz: convertir una impresión en una iluminación. La imagen visual era apenas un cadáver embalsamado. El pintor retorna a ella para transfigurarla en imagen poética, en un concierto de verdes, naranjas y azules donde la luz vuelve a cantar, a revelarnos sus visiones, pero después no se escabulle. Porque esta nueva luz ya no es un visitante inmaterial, ocasional, que cae sobre las cosas como un espectro furtivo. Brota ahora desde dentro de la materia misma.

 


Acudamos aquí a la famosa formulación de Heidegger: la belleza es el brillo con que la verdad acontece en la obra de arte, cuando la tierra (el sustrato “matérico”) se desoculta, vuelca sobre nosotros su misterio, su música visible. En la obra, la luz no cae de afuera: irrumpe desde la entraña mineral del color, sin serle un accidente, un efímero fulgor.

De la fruición del color (la cualidad) y la tierra (la sustancia) resulta el prodigio del instante plasmado, contenido y detenido en la Imagen: el milagro del tiempo resuelto en reposo, en casi escandalosa y soberbia perpetuidad.

A pesar de ciertas semejanzas, nada más opuesto a la estética del Impresionismo francés que la poética de Salamanca. Los cuadros impresionistas, con justa razón, motivaban la desesperación de Cézanne: la realidad allí era algo que se desvanecía, que perdía consistencia, solidez. Por lo contrario, en el santandereano (cuyo temperamento es afín al de un Greco o un Velázquez), la imagen pictórica no está a punto de desarticularse sino en estado naciente. Aquello que a primera vista parecía un reflejo incandescente producido por una mano enguantada de blanco al moverse, al volverse trizas a causa de la dentellada del tiempo, no era eso: sino una flor que se abre, que se solidifica y adquiere permanencia (la eternidad de la piedra).

 

III

Salve, Aukert, que ocultas al compañero que en ti está, creador de formas de existencia como el dios Jepera: haz que Nebseni, escriba y dibujante de los templos del sur y del norte, surja a ver tu Disco, y que sus peregrinaciones acontezcan ante el gran inmortal, Shu, que en eviternidad reposa. Así viaje yo en paz; deja que pase por el firmamento, y adore la irradiación esplendorosa de lo que percibo…

(Libro de los muertos, “Papiro de Nebseni”)






Una obra como la de los tamborileros es una vibrante pieza de música concreta, hecha con tierra y óleo. Sobre la densa masa de verdes y de azules, se distribuyen rítmicamente notas rosas, naranjas y amarillas. Los colores, que incluyen la totalidad de la escala cromática, desde el rojo al violeta, están diestramente modulados y agrupados: los verdes hacia el fondo, compuestos por tonalidades que ascienden desde el amarillo crema (ácido y deslumbrante) hasta el verde oliva. Los azules, que brotan de los uniformes de los soldados de la banda, siguiendo el mismo procedimiento de graduar progresivamente los valores lumínicos, se desarrollan entre el blanco celeste y el azul oscuro, casi negro.

La impresión de abigarramiento que la variedad cromática habría podido suscitar, está contrarrestada por diversos recursos, como el de evitar los contrastes (la contigüidad de colores complementarios) o la equilibrada y armónica disposición de las manchas de color, donde se alternan y engranan tonos claros y oscuros.

El resultado es una superficie pictórica compacta y a la vez heterogénea, polifónica. Lo primero que escuchan los ojos al aproximarse al cuadro es un estallido orquestal de formas, sensaciones y colores que los asaltan al unísono: una oleada irisada y espesa que nos da en pleno rostro. Poco después, sobre el bajo continuo de los verdes, se destaca el leitmotiv de los azules, que caen verticalmente pautando el espacio, haciéndolo acontecer rítmicamente en el tiempo.

Entonces irrumpe la melodía. Los tamborileros cobran cuerpo, figura; comienzan a desfilar en el acá recién paridos por la tierra. La calle por donde marchan se puebla de redobles de tambor, cornetas, sol, movimiento, frío cálido, infancias.

Un recuerdo soñado, una imagen del Instante, nos ha sido devuelta por lo invisible. Quien la extrajo de la región de las sobras, en donde el tiempo almacena sus cosechas, ahora se encuentra allí; peregrina por caminos y ríos al otro lado del espejo. Pero sus ojos no.

Las ventanas del alma de Álvaro Salamanca, no. Aquí están, encarnados en sus propias visiones, esperándolo. “Ojalá contemple su cuerpo material y descanse en el espiritual”; ojalá escuche desde allá la invocación del artista y escriba Nebseni y recuerde sus palabras:

Vengo a presenciar a Ra en su ocaso, y absorbo los vientos que produce cuando se levanta, con mis manos limpias para adorarle. He reunido todos mis miembros, he reunido todos mis miembros. Me cierno como un pájaro y desciendo a la tierra, y mi vista me hace andar sobre mis huellas. Soy la criatura del ayer y los Akeru, dioses de la Tierra, me dieron el ser y me vigorizaron para mi salida.

Me oculto con el dios Aba-aaiu que caminará en pos de mí, y germinarán mis miembros, y mi Ju será amuleto de mi cuerpo y el que velará por mi alma para defenderla y conversar con ella; y la asamblea de los inmortales escuchará lo que le diga.

 

Rymel E. Serrano N.

23-IV-1997