Responso y variaciones sobre un tema de Salamanca
Ojalá contemple su cuerpo
material y descanse en el espiritual, y su ser no perezca ni se corrompa jamás
(Libro de los muertos, “Capítulo
de hacer que el alma se una con su cuerpo en el mundo subterráneo”)
I
Se me vuelve a
ocurrir, contemplando las bandas militares que pintó Álvaro Salamanca hace ya
diez años, que una de las causas finales de las artes plásticas, y en especial
de los “géneros” o tendencias figurativas, es la de establecer una ecuación
entre el Tiempo y el Espacio.
Pintar consiste en
arrebatarle a las garras, deformadoras y formadoras del tiempo, las imágenes de
la realidad natural, material, para perpetuar sus agonías, ponerlas a salvo del
aniquilamiento entre los seguros límites de un cuadro.
La realidad
visible es fantasmal: lo que se percibe en un momento, al segundo siguiente ya
se ha transformado. Donde había un destello rosáceo duerme ahora una sombra. La
luz que ilumina las cosas después las olvida. Y si vuelve a alumbrarlas, ya
esas cosas son distintas, son otras. El espacio parece ser sólo una ilusión,
una fábrica de vislumbres efímeras, caleidoscópicas, que nunca se repiten. Todo
lo que vemos lo vemos por primera y única vez: la luz siempre improvisa sus
tonadas.
El instante, ese
resplandor producido cuando el tiempo le hinca el diente al espacio, se esfuma.
Pero antes de desaparecer entre las fauces de la hiena saturnal, relampaguea,
impresiona la pupila y el alma. Cada instante, antes de abismarse, se ofrece en
imagen; desnuda su belleza.
Lo bello, según
Edgar A. Poe, ese insólito poeta, no es sino la pasión que se experimenta
cuando alguien o algo se nos muere. Sin embargo, eso es sólo la mitad de la
verdad. La otra mitad de la belleza, la semilla de ese durazno, es la
posibilidad de su ulterior renacimiento. Es hermoso algo que se sumerge en lo
invisible. Pero esa incorregible nostalgia que provoca la pérdida es apenas un
presentimiento de su reaparición.
Las formas
espectrales de lo real, soñadas por la luz, pueden encarnar en un nuevo cuerpo,
reflejo o doble del anterior, pero sustraído a las veleidades pasajeras
del tiempo. Ese cuerpo es el color. El instante, fijado sobre el espacio
pictórico, fusionado con él, halla así su morada, su plenitud.
II
Báñate con tu luz, oh alma
desconocida, pues soy uno a punto de penetrar… líbrame y sálvame de aquel cuyas
divinas pupilas duermen al anochecer, cuando se ensimisma y se hace nocturno.
(Libro de los muertos, “Papiro de
Nebseni”)
El procedimiento
utilizado por Salamanca en sus series sobre desfiles militares (los cambios de
guardia presidencial, más exactamente) y sus bañistas, es ilustrativo al
respecto. El punto de partida de las obras está constituido por registros
fotográficos obtenidos por el artista.
Como se sabe, una
impresión fotográfica no posee un carácter lumínico sino opaco: es una sombra,
un negativo de la luz; la oscura huella de su paso y la evidencia de su
ausencia.
Sobre ese
negativo, impreso directamente en el lienzo, se aplica el color. No como un
revestimiento, una transposición o traducción cromática de sobras y volúmenes:
sino como una transfiguración. Se trata de resucitar un cadáver volviendo a
imaginarlo, alumbrándolo con una nueva luz. La impresión fotográfica cumple así
una función análoga a la del doble en las cámaras funerarias egipcias.
El retrato esculpido en la piedra no es sino un indicio fidedigno de la
apariencia del difunto (faraón, sacerdote o escriba). Cuando el alma, que había
partido del cuerpo, regresara de su largo y peligroso tránsito por los reinos
subterráneos del olvido y de la muerte, podría reconocer al “yo”, al
“sí-mismo”, la propia identidad o Ka, a través de aquel doble y de las
figuras y jeroglíficos trazados en los muros. De este modo se recobraba la
memoria, se imaginaba el pasado, se le hacía resurgir.
A Salamanca no le
interesaba “iluminar” una reproducción fotográfica en el sentido de colorearla,
sino en el de recrearla, volverla a dar a luz: convertir una impresión en una iluminación.
La imagen visual era apenas un cadáver embalsamado. El pintor retorna a ella
para transfigurarla en imagen poética, en un concierto de verdes, naranjas y
azules donde la luz vuelve a cantar, a revelarnos sus visiones, pero después no
se escabulle. Porque esta nueva luz ya no es un visitante inmaterial,
ocasional, que cae sobre las cosas como un espectro furtivo. Brota ahora desde
dentro de la materia misma.
Acudamos aquí a la
famosa formulación de Heidegger: la belleza es el brillo con que la verdad
acontece en la obra de arte, cuando la tierra (el sustrato “matérico”) se
desoculta, vuelca sobre nosotros su misterio, su música visible. En la obra, la
luz no cae de afuera: irrumpe desde la entraña mineral del color, sin serle un
accidente, un efímero fulgor.
De la fruición del
color (la cualidad) y la tierra (la sustancia) resulta el prodigio del instante
plasmado, contenido y detenido en la Imagen: el milagro del tiempo resuelto en
reposo, en casi escandalosa y soberbia perpetuidad.
A pesar de ciertas
semejanzas, nada más opuesto a la estética del Impresionismo francés que la
poética de Salamanca. Los cuadros impresionistas, con justa razón, motivaban la
desesperación de Cézanne: la realidad allí era algo que se desvanecía, que
perdía consistencia, solidez. Por lo contrario, en el santandereano (cuyo
temperamento es afín al de un Greco o un Velázquez), la imagen pictórica no
está a punto de desarticularse sino en estado naciente. Aquello que a primera
vista parecía un reflejo incandescente producido por una mano enguantada de blanco
al moverse, al volverse trizas a causa de la dentellada del tiempo, no era eso:
sino una flor que se abre, que se solidifica y adquiere permanencia (la
eternidad de la piedra).
III
Salve, Aukert, que ocultas al
compañero que en ti está, creador de formas de existencia como el dios Jepera:
haz que Nebseni, escriba y dibujante de los templos del sur y del norte, surja
a ver tu Disco, y que sus peregrinaciones acontezcan ante el gran inmortal,
Shu, que en eviternidad reposa. Así viaje yo en paz; deja que pase por el
firmamento, y adore la irradiación esplendorosa de lo que percibo…
(Libro de los muertos, “Papiro de
Nebseni”)
Una obra como la
de los tamborileros es una vibrante pieza de música concreta, hecha con tierra
y óleo. Sobre la densa masa de verdes y de azules, se distribuyen rítmicamente
notas rosas, naranjas y amarillas. Los colores, que incluyen la totalidad de la
escala cromática, desde el rojo al violeta, están diestramente modulados y
agrupados: los verdes hacia el fondo, compuestos por tonalidades que ascienden
desde el amarillo crema (ácido y deslumbrante) hasta el verde oliva. Los
azules, que brotan de los uniformes de los soldados de la banda, siguiendo el
mismo procedimiento de graduar progresivamente los valores lumínicos, se
desarrollan entre el blanco celeste y el azul oscuro, casi negro.
La impresión de
abigarramiento que la variedad cromática habría podido suscitar, está
contrarrestada por diversos recursos, como el de evitar los contrastes (la
contigüidad de colores complementarios) o la equilibrada y armónica disposición
de las manchas de color, donde se alternan y engranan tonos claros y oscuros.
El resultado es
una superficie pictórica compacta y a la vez heterogénea, polifónica. Lo
primero que escuchan los ojos al aproximarse al cuadro es un estallido
orquestal de formas, sensaciones y colores que los asaltan al unísono: una
oleada irisada y espesa que nos da en pleno rostro. Poco después, sobre el bajo
continuo de los verdes, se destaca el leitmotiv de los azules, que caen
verticalmente pautando el espacio, haciéndolo acontecer rítmicamente en el
tiempo.
Entonces irrumpe
la melodía. Los tamborileros cobran cuerpo, figura; comienzan a desfilar en el
acá recién paridos por la tierra. La calle por donde marchan se puebla de
redobles de tambor, cornetas, sol, movimiento, frío cálido, infancias.
Un recuerdo
soñado, una imagen del Instante, nos ha sido devuelta por lo invisible. Quien
la extrajo de la región de las sobras, en donde el tiempo almacena sus cosechas,
ahora se encuentra allí; peregrina por caminos y ríos al otro lado del espejo.
Pero sus ojos no.
Las ventanas del
alma de Álvaro Salamanca, no. Aquí están, encarnados en sus propias visiones,
esperándolo. “Ojalá contemple su cuerpo material y descanse en el espiritual”;
ojalá escuche desde allá la invocación del artista y escriba Nebseni y recuerde
sus palabras:
Vengo a presenciar a Ra en su ocaso, y absorbo los
vientos que produce cuando se levanta, con mis manos limpias para adorarle. He
reunido todos mis miembros, he reunido todos mis miembros. Me cierno como un
pájaro y desciendo a la tierra, y mi vista me hace andar sobre mis huellas. Soy
la criatura del ayer y los Akeru, dioses de la Tierra, me dieron el ser y me
vigorizaron para mi salida.
Me oculto con el dios Aba-aaiu que caminará en pos
de mí, y germinarán mis miembros, y mi Ju será amuleto de mi cuerpo y el que
velará por mi alma para defenderla y conversar con ella; y la asamblea de los
inmortales escuchará lo que le diga.
Rymel E. Serrano N.
23-IV-1997
